Hizo un quiebro de sonrisa pero la tristeza le vino encima como un zarpazo, salvaje. De repente sintió que toda la delicadeza de su ritual no le hacía sentir nada. Su gozo no existía si nadie podía contemplar la escena, si ni siquiera podía contarlo a alguien. Se supo espectador de si mismo y no le pareció ridículo, ni divertido. No se puso a llorar ni se levantó para secarse.
La tristeza le vino encima como un zarpazo y le gustó. La soledad (física y literal, el silencio, la lenta viscosidad de los minutos), la soledad le vino a recordar que estaba vivo. Terminó la sonrisa que se debía. Salió del agua con ganas de enamorarse del espejo empañado del baño y de contemplarse fumando a la orilla del Elba.