Pero si algún día te apetece el postre antes de comer, aunque ese día haya sushi y siga encantándote, aunque te prometan el postre incluido, exponiendo su dulzura a un metro de ti con plato de porcelana y cucharilla fina... Salta por encima de la mesa y sorbe el postre directamente, sin medida. Ensúciate. Disfrútalo como si fuese el último pedacito de chocolate con sal y aceite, el melocotón prohibido pelado y cortadito, la última miga crujiente de galleta de jengibre, la tatin caliente con helado de avellana derritiéndose, como se extingue el hielo de los polos.
Nunca, nunca (escúchame!) nunca des por hecho que hay tiempo para todo. Hay postres que no llegan, que resbalan de las manos del camarero al suelo, que se agotan, y que después de llenar tu pensamiento de saliva nunca vuelven a estar en la carta.