
Rocco fingió admiración al escucharme. O bien me pareció su tono exagerado, aunque, siendo sincero, a él no lo conocía en absoluto y no eran ni el sitio ni el momento idóneos para emitir este tipo de juicios.
Simplemente, me divierte deducir (por no decir inventar) como son los personajes que rellenan mis días y mis noches (especialmente). Rocco era un italiano del norte, casi suizo. Estaba, como todos los demás, en Barcelona para henchir un poco más su Currículum Vitae de títulos inútiles, como hace todo buen científico. Pero, a juzgar por su castellano, tiempo hacía ya que pisaba tierras ibéricas. Rocco era especial, a nadie se le escapaba eso. Tenía la extraña virtud de ofrecer siempre una sonrisa sin parecer un completo idiota. Su tono era alegre y a la vez reflexivo, interesante. Intentando resumir: Rocco era de esas personas con quien tomar unas copas merecía realmente la pena.
El metro, a las 5 de la madrugada, se llena de poetas (entre otra gentuza despreciable). Después del vino de la cena, la leche de pantera y los gintónics apenas sudados en un local oscuro y humeante de nicotina, nos rendimos. Desandamos por error el camino correcto y subimos al vagón en dirección opuesta (“desmetramos”. También celebró Rocco este concepto. Le gustaban los juegos de palabras, como a mi). Después de corregir tanto despropósito, al fin, nos sentamos en dirección correcta (destino: Plaça Lesseps!). Me distraje recordando a Drexler insistiendo en que entrencondestinoerradosevamáslentoqueandandoapié y la conversación se puso profunda. Como dije, a las 5 de la madrugada el metro se llena de poetas: gracias al alcohol, hay personas como Rocco que muestran admiración cuando algún tipejo (como yo) se atreve a hablar del amor y suelta algo como "Amar es bonito. Pero da miedo.". Todos guardaron un segundo de silencio. Laura, pàlida, volvió a vomitar. "Qué frase tan buena! Es tuya?" Esa frase podía ser sacada de una canción de Maná (pensé) pero, en fin, era cierto: "No es mía, es una verdad cualquiera... La vida, ya se sabe...".
La chica de Oviedo matizó: "No da miedo amar, da miedo que no te amen".
Emma no dijo nada. Sólo me miraba. Supongo que es difícil hablar de amor con alguien a quien no te atreviste a besar.
Rocco sonrió de nuevo y nos callamos, por fin. Los demás pasajeros lo agradecieron.
Laura pidió pañuelos para limpiarse la boca.