
La ciudad lo anunciaba exhibiendo una pereza emocional más delirante que la mía. La tarde de domingo se escurrió sin hacer mucho ruido, discretamente.
Yo: impávido. Perdiendo el tiempo. Consciente de perderlo como si fuera una forma de invertirlo.
Mientrastanto, desde mi piel hasta tus pasos, desfilan ejércitos de besos.
De dulces y tiernos besicos.